Declaraciones

En octubre de 2016 se llevó a cabo el primer Paro Nacional al actual gobierno. No fueron organismos sindicales tradicionales quienes lo hicieron, sino mujeres convocadas y autogestionadas por organizaciones de una nueva y originalísima floración del feminismo, bajo el llamado de “Ni una menos. Vivas nos queremos”, sugerente expresión que habla de vacíos y ausencias intolerables. Esta demostración de hastío, de osadía y de bravura colocó definitivamente la cuestión de género en la consideración primaria de la discusión política y obliga a repensar bajo estímulos novedosos los actos de crítica general a todas las formas de la existencia menoscabada y a las agraviantes acciones gubernamentales en estas y otras tantas materias.

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La muerte de Fidel Castro, como la muerte de toda figura trascendental de una época, obliga a que se repliegue la memoria a sus confines originarios. Surgen así los contornos y recuerdos, a veces vagos, de una gran revuelta popular con aires tercermundistas y socialistas, pero con visión ampliada por círculos concéntricos que podían llegar a África o a Bolivia, mientras Cuba daba sus pasos para convertirse –por medio de difíciles decisiones- en un Estado socialista. Todo ello fue rodeado de grandes discusiones que, aun cuando no cesan, parecen haberse convertido en un mero eco de un mundo olvidado. Una revolución tan ambiciosa desde territorio tan pequeño no calculó sus infortunios, y si lo hizo, fue apelando a su abandono de especulaciones políticas fundados en hábitos ya transitados.

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El Espacio Carta Abierta repudia la brutal acción represiva desatada por el gobierno provincial encabezado por Gerardo Morales y el aparato judicial sometido a sus arbitrarios dictados. En Jujuy el triunfo electoral fue utilizado por el tandem ganador para el establecimiento de un estado policial como globo de ensayo para una escalada de retrocesos en la vida democrática argentina.

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La pregunta de Michel Rocard sobre “¿cuánta miseria puede aguantar Francia recibiendo inmigrantes pobres?” (de la que parte Miguel Ángel Pichetto para una reflexión que avergüenza), puede responderse fácilmente a condición de no darle el giro de la discriminación, el gesto del cierre de fronteras o el aire siniestro de una teoría de la desigualdad social, construyendo naciones de estamentos homogéneos, principio de los neoconservadurismos y neofascismos. Pero si se acepta en cambio que los grandes flujos migratorios enriquecen todas las formas culturales previas de una nación, como lo demuestra la historia moderna de la construcción de naciones, Rocard estaba equivocado en su anuncio de los primeros síntomas del viraje a la derecha del socialismo francés. Y Pichetto, más equivocado aún; luego de treinta largos años de la expresión citada, no solo se presenta como un “amicus curiae” de todas las derechas antiinmigratorias del mundo, sino que anuncia un futuro de indignidad, chatura y catástrofe moral para nuestro país. Lejos del paradigma igualitario que construyeron los movimientos populares de los siglos XX y XXI en el país, que repudia –y lo ve en la base del “problema argentino”–, se suma sonriente a los promotores y beneficiarios de desigualdad.

 

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